La Nueva Edad Barroca
Hasta en la sopa
La historiografía, ha sido muy dada a denominar los periodos históricos con nombres genéricos, en un afán nada disimulado por controlar lo incontrolable: el caos de la existencia humana; nos ha deleitado con designaciones tales como las edades históricas, el Renacimiento (para finales del siglo XV y el XVI) y la Ilustración (el siglo XVIII), entre otras. De ellas, una de las más importantes es la del Barroco, que equivale decir todo el siglo XVII. Sin duda, decir que todo lo que aconteció en aquél siglo era barroco (incluimos las artes visuales, la música, la literatura y hasta la forma de vivir), se me antoja, cuanto menos, artificial.
Sin embargo existe un rasgo que se considera paradigmático en el que creo que no existe artificialidad alguna y es en el hecho de que el siglo XVII fue el siglo de la imagen. En la historia de la humanidad ha habido otros momentos en que la imagen ha imperado como medio de comunicación, y si no véase la labor realizada por los frescos románicos y el arte visual, en su conjunto, de la edad media. Posteriormente en el siglo XV y XVI, los primerizos libros impresos para el vulgo estaban casi exclusivamente ilustrados, debido a que la mayoría de la población era analfabeta, ahí tenemos a la llamada Biblia pauperum, o Biblia de los pobres.
Pero no hay que ser muy lince para observar que la edad de la imagen, el Barroco, ha renacido a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Es decir, vivimos EN LA SOCIEDAD DE LA IMAGEN. No voy a meterme en el hecho de porqué la imagen reina en nuestros días, sino de sus manifestaciones.
De ésta época de globalización se habla de “aldea global”, se habla de la “sociedad del conocimiento”, de la “sociedad de la información”. También se dice que “tanto tienes tanto vales”, en relación a la sociedad occidental capitalista en la que vivimos; pero no es menos cierto que otra de las consignas que bien podrían cuadrar al mundo occidental es la de “a mayor belleza, mayor estatus”.
Y es que vivimos hoy día en una sociedad en la que la imagen lo es todo, y todo se construye o se muestra a través de ella. Estamos plagados de efigies por todos lados, no sólo a la hora de mostrar nuestra “propia imagen”, sino que hemos de tener en cuenta el enorme poder e influencia que sobre nosotros proyectan los medios de comunicación de masas, cuyo exponente principal es la televisión; es decir, el formato audiovisual.
Un ejemplo de las transformaciones sucedidas en nuestra sociedad a raíz del imperio de la imagen, es el hecho innegable de que la prensa escrita se trata de asemejar a la información audiovisual que nos llega de la tele. Intento imposible, ya lo sabemos, la prensa escrita trata de captar al lector como puede, y para ello adapta su medio al que sabe que es el natural del ciudadano actual: el visual. Para ello disminuye el número de páginas de opinión, aumenta el tamaño y valor de las imágenes, aumenta el número de anuncios publicitarios, etc. Un ejemplo muy claro se da en los periódicos deportivos, en los que casi sin notarlo, la caja escrita ha disminuido sensiblemente a favor de las imágenes.
El poder que ejerce la imagen hace que la vía de transmisión principal de la información sea el formato visual. En éste medio los telediarios se encuentran en el ojo del huracán, es por ello que el gobierno, tan pronto como llega al poder mete mano en el telediario del que ejerce influencia. La razón es sencilla, vale una imagen más que mil palabras, y es más eficaz hablar y manipular con imágenes que con palabras. El ejemplo de valor estratégico de la imagen aparece con toda su crudeza en las guerras, y más aún en la segunda guerra del Golfo. En nuestra retina quedarán incólumes imágenes como la foto de las Azores, la caída de la estatua de Sadam Husein o la patética efigie del dictador tras ser descubierto y capturado. Una lástima que para EE. UU. exista la otra cara de la moneda en el valor de una visión diferente proyectada por la cadena “Al Yazeera”.
Otra vertiente del valor de la imagen se presenta en las campañas electorales de los políticos. Queda claro que la mayoría de la gente es profana en política y no entiende los muchos datos y asuntos que se manejan entre los entresijos de la misma, por ello es mejor aparentar que se es un buen candidato y que se tiene un programa político convincente (que nadie lee), a abordar tácitamente y aportar soluciones reales a los problemas que nos agobian y nos preocupan a todos. La imagen en una campaña electoral y en la vida de un político es fundamental: la vestimenta, el color de la corbata, si eres calvo o no, si eres joven, e incluso la imagen interior o intelectual que de uno mismo se desprenda por las efímeras apariciones en los medios. Cada vez más, estamos ante una política iconográfica, y esto es gravísimo por lo que respecta al control del ciudadano.
El culto al cuerpo está presente en todos nosotros, queremos ser más guapos, más delgados (en mi caso más gordito y más musculosillo), más robustos y esbeltos, sin estrías ni celulitis ni chichas varias. En todo esto, ¡cómo no!, la TV ejerce una influencia y un poder enorme, pero a su vez, también una responsabilidad fundamental. No obstante, en esta época estival, multitud de personas tratan de pegarse “la paliza antes de los exámenes” para llegar al “aprobado” antes de ir a la playa y la piscina, para luego abandonarse otra vez en el cercano periodo otoñal e invernal. Los gimnasios se llenan y las dietas se multiplican. Pero estos son sólo los efectos más asépticos e inicuos del culto al cuerpo, pues a la vuelta de la esquina acechan enfermedades patológicas menos benevolentes como la anorexia y la bulimia. Estamos ante un problema social de gran calado que las televisiones y la publicidad no están dispuestas a derribar.
Pero sin duda alguna, el efecto más perverso pero a la vez más desapercibido de la sociedad de la imagen, lo ejerce la publicidad. Casi podríamos decir que estamos ante la Sociedad de la Publicidad, dentro de la era de la imagen. Existen estudios que corroboran que estamos sometidos a una ingente emisión de anuncios que podría oscilar entre varios centenares, y hasta más de un millar de ellos, de forma DIARIA. Lo peor de todo es que no somos conscientes en la mayoría de los casos de la influencia que ejercen en nosotros y de que no somos capaces de decidir su visualización o no, pues a veces éstos se nos imponen a veces violentando nuestros derechos constitucionales.
Los medios por los que se difunde la publicidad son múltiples, entre ellos reina la televisión; en nuestro país un tercio de televisión es hoy, publicidad. Pero no es la TV el único medio, y para demostrar que en las anteriores cifras no exageraba un ápice, enumeremos los sistemas para que las empresas y el consumo se introduzcan en lo más profundo de nuestra mente. La radio pues, es otro gran medio, disminuido por el efecto de la imagen visual, pero relevante; luego de enorme importancia se sitúa Internet, un formato a medio camino entre lo visual y lo escrito (multimedia), pero que todavía está en pañales y no ha encontrado su forma de ser totalmente independiente de otros medios de comunicación. Como digo, en internet el spam y las ventanas emergentes están a la orden del día, y en cualquier página existen multitud de anuncios: incluso yo para sustentar ésta bitácora he tenido que transigir con ello (aunque el banner superior lo puedo quitar cuando quiera, pero a riesgo de que me clausuren el blog); los carteles por la calle, los luminosos, las pegatinas en cualquier sitio, el transporte público, incluso la ropa que llevamos son también anuncios ambulantes, pues las más de las veces en ella predomina la marca como reclamo publicitario, y en otras ocasiones se nos “regala” al comprar productos, ropa y complementos con el producto en cuestión. Esto que parece nimio no lo es tanto, porque nosotros mismos contribuimos a la plaga publicitaria, a veces de forma complaciente.
Para poner un ejemplo significativo de la invasión de la publicidad, hasta los límites del ataque al derecho de la intimidad, recuerdo vivamente el hecho de que hace no muchos años no había publicidad en las proyecciones cinematográficas. Aún recuerdo el cabreo magistral al ver por primera vez que antes de la película en vez de los trailers, pusieron anuncios de conocidas marcas de leche y zumo. No sólo la tendencia ha disminuido, sino que se ha incrementado, pues fácilmente se puede retrasar la proyección unos 15 minutos por motivos de publicidad. Si el cine es un arte, ¿por qué somos capaces de tragarnos semejante cantidad de márketing al uso en un medio supuestamente cultural?, ¿ahora para ver un cuadro de Picasso o un grabado de Goya vamos a tener que ver debajo de la cartela: “Beba Poca Cola”?, entonces ¿por qué transigimos en el cine?. La sociedad de la imagen y la publicidad es también una sociedad pasiva y una sociedad consumista. Quizá inconscientemente no luchamos contra ello, porque sabemos que la publicidad es el motor de la sociedad de consumo, y ésta es la que sustenta nuestra economía y, por ende, nuestro estatus social de bienestar.
Sin embargo, yo no puedo más que quejarme de que hasta en el cine tengamos que tragarnos anuncios. Al cine le reservo un comentario específico que haré en su momento.
Como vemos, estamos en la sociedad de la imagen, en la que la palabra pierde poco a poco su valor como medio de expresión: la gente se conmueve, se moviliza, recuerda, vive, sueña... con imágenes. La gente quiere hechos y no palabras.
Por eso estoy seguro que sólo una o dos personas perderán su precioso tiempo en leerse toda esta parrafada, mientras que todas las que visiten éste blog y contacten con este artículo retendrán su mirada, al menos unos segundos, en el cachondo pero a la vez inquietante, fotomontaje superior.
La historiografía, ha sido muy dada a denominar los periodos históricos con nombres genéricos, en un afán nada disimulado por controlar lo incontrolable: el caos de la existencia humana; nos ha deleitado con designaciones tales como las edades históricas, el Renacimiento (para finales del siglo XV y el XVI) y la Ilustración (el siglo XVIII), entre otras. De ellas, una de las más importantes es la del Barroco, que equivale decir todo el siglo XVII. Sin duda, decir que todo lo que aconteció en aquél siglo era barroco (incluimos las artes visuales, la música, la literatura y hasta la forma de vivir), se me antoja, cuanto menos, artificial.
Sin embargo existe un rasgo que se considera paradigmático en el que creo que no existe artificialidad alguna y es en el hecho de que el siglo XVII fue el siglo de la imagen. En la historia de la humanidad ha habido otros momentos en que la imagen ha imperado como medio de comunicación, y si no véase la labor realizada por los frescos románicos y el arte visual, en su conjunto, de la edad media. Posteriormente en el siglo XV y XVI, los primerizos libros impresos para el vulgo estaban casi exclusivamente ilustrados, debido a que la mayoría de la población era analfabeta, ahí tenemos a la llamada Biblia pauperum, o Biblia de los pobres.
Pero no hay que ser muy lince para observar que la edad de la imagen, el Barroco, ha renacido a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Es decir, vivimos EN LA SOCIEDAD DE LA IMAGEN. No voy a meterme en el hecho de porqué la imagen reina en nuestros días, sino de sus manifestaciones.
De ésta época de globalización se habla de “aldea global”, se habla de la “sociedad del conocimiento”, de la “sociedad de la información”. También se dice que “tanto tienes tanto vales”, en relación a la sociedad occidental capitalista en la que vivimos; pero no es menos cierto que otra de las consignas que bien podrían cuadrar al mundo occidental es la de “a mayor belleza, mayor estatus”.
Y es que vivimos hoy día en una sociedad en la que la imagen lo es todo, y todo se construye o se muestra a través de ella. Estamos plagados de efigies por todos lados, no sólo a la hora de mostrar nuestra “propia imagen”, sino que hemos de tener en cuenta el enorme poder e influencia que sobre nosotros proyectan los medios de comunicación de masas, cuyo exponente principal es la televisión; es decir, el formato audiovisual.
Un ejemplo de las transformaciones sucedidas en nuestra sociedad a raíz del imperio de la imagen, es el hecho innegable de que la prensa escrita se trata de asemejar a la información audiovisual que nos llega de la tele. Intento imposible, ya lo sabemos, la prensa escrita trata de captar al lector como puede, y para ello adapta su medio al que sabe que es el natural del ciudadano actual: el visual. Para ello disminuye el número de páginas de opinión, aumenta el tamaño y valor de las imágenes, aumenta el número de anuncios publicitarios, etc. Un ejemplo muy claro se da en los periódicos deportivos, en los que casi sin notarlo, la caja escrita ha disminuido sensiblemente a favor de las imágenes.
El poder que ejerce la imagen hace que la vía de transmisión principal de la información sea el formato visual. En éste medio los telediarios se encuentran en el ojo del huracán, es por ello que el gobierno, tan pronto como llega al poder mete mano en el telediario del que ejerce influencia. La razón es sencilla, vale una imagen más que mil palabras, y es más eficaz hablar y manipular con imágenes que con palabras. El ejemplo de valor estratégico de la imagen aparece con toda su crudeza en las guerras, y más aún en la segunda guerra del Golfo. En nuestra retina quedarán incólumes imágenes como la foto de las Azores, la caída de la estatua de Sadam Husein o la patética efigie del dictador tras ser descubierto y capturado. Una lástima que para EE. UU. exista la otra cara de la moneda en el valor de una visión diferente proyectada por la cadena “Al Yazeera”.
Otra vertiente del valor de la imagen se presenta en las campañas electorales de los políticos. Queda claro que la mayoría de la gente es profana en política y no entiende los muchos datos y asuntos que se manejan entre los entresijos de la misma, por ello es mejor aparentar que se es un buen candidato y que se tiene un programa político convincente (que nadie lee), a abordar tácitamente y aportar soluciones reales a los problemas que nos agobian y nos preocupan a todos. La imagen en una campaña electoral y en la vida de un político es fundamental: la vestimenta, el color de la corbata, si eres calvo o no, si eres joven, e incluso la imagen interior o intelectual que de uno mismo se desprenda por las efímeras apariciones en los medios. Cada vez más, estamos ante una política iconográfica, y esto es gravísimo por lo que respecta al control del ciudadano.
El culto al cuerpo está presente en todos nosotros, queremos ser más guapos, más delgados (en mi caso más gordito y más musculosillo), más robustos y esbeltos, sin estrías ni celulitis ni chichas varias. En todo esto, ¡cómo no!, la TV ejerce una influencia y un poder enorme, pero a su vez, también una responsabilidad fundamental. No obstante, en esta época estival, multitud de personas tratan de pegarse “la paliza antes de los exámenes” para llegar al “aprobado” antes de ir a la playa y la piscina, para luego abandonarse otra vez en el cercano periodo otoñal e invernal. Los gimnasios se llenan y las dietas se multiplican. Pero estos son sólo los efectos más asépticos e inicuos del culto al cuerpo, pues a la vuelta de la esquina acechan enfermedades patológicas menos benevolentes como la anorexia y la bulimia. Estamos ante un problema social de gran calado que las televisiones y la publicidad no están dispuestas a derribar.
Pero sin duda alguna, el efecto más perverso pero a la vez más desapercibido de la sociedad de la imagen, lo ejerce la publicidad. Casi podríamos decir que estamos ante la Sociedad de la Publicidad, dentro de la era de la imagen. Existen estudios que corroboran que estamos sometidos a una ingente emisión de anuncios que podría oscilar entre varios centenares, y hasta más de un millar de ellos, de forma DIARIA. Lo peor de todo es que no somos conscientes en la mayoría de los casos de la influencia que ejercen en nosotros y de que no somos capaces de decidir su visualización o no, pues a veces éstos se nos imponen a veces violentando nuestros derechos constitucionales.
Los medios por los que se difunde la publicidad son múltiples, entre ellos reina la televisión; en nuestro país un tercio de televisión es hoy, publicidad. Pero no es la TV el único medio, y para demostrar que en las anteriores cifras no exageraba un ápice, enumeremos los sistemas para que las empresas y el consumo se introduzcan en lo más profundo de nuestra mente. La radio pues, es otro gran medio, disminuido por el efecto de la imagen visual, pero relevante; luego de enorme importancia se sitúa Internet, un formato a medio camino entre lo visual y lo escrito (multimedia), pero que todavía está en pañales y no ha encontrado su forma de ser totalmente independiente de otros medios de comunicación. Como digo, en internet el spam y las ventanas emergentes están a la orden del día, y en cualquier página existen multitud de anuncios: incluso yo para sustentar ésta bitácora he tenido que transigir con ello (aunque el banner superior lo puedo quitar cuando quiera, pero a riesgo de que me clausuren el blog); los carteles por la calle, los luminosos, las pegatinas en cualquier sitio, el transporte público, incluso la ropa que llevamos son también anuncios ambulantes, pues las más de las veces en ella predomina la marca como reclamo publicitario, y en otras ocasiones se nos “regala” al comprar productos, ropa y complementos con el producto en cuestión. Esto que parece nimio no lo es tanto, porque nosotros mismos contribuimos a la plaga publicitaria, a veces de forma complaciente.
Para poner un ejemplo significativo de la invasión de la publicidad, hasta los límites del ataque al derecho de la intimidad, recuerdo vivamente el hecho de que hace no muchos años no había publicidad en las proyecciones cinematográficas. Aún recuerdo el cabreo magistral al ver por primera vez que antes de la película en vez de los trailers, pusieron anuncios de conocidas marcas de leche y zumo. No sólo la tendencia ha disminuido, sino que se ha incrementado, pues fácilmente se puede retrasar la proyección unos 15 minutos por motivos de publicidad. Si el cine es un arte, ¿por qué somos capaces de tragarnos semejante cantidad de márketing al uso en un medio supuestamente cultural?, ¿ahora para ver un cuadro de Picasso o un grabado de Goya vamos a tener que ver debajo de la cartela: “Beba Poca Cola”?, entonces ¿por qué transigimos en el cine?. La sociedad de la imagen y la publicidad es también una sociedad pasiva y una sociedad consumista. Quizá inconscientemente no luchamos contra ello, porque sabemos que la publicidad es el motor de la sociedad de consumo, y ésta es la que sustenta nuestra economía y, por ende, nuestro estatus social de bienestar.
Sin embargo, yo no puedo más que quejarme de que hasta en el cine tengamos que tragarnos anuncios. Al cine le reservo un comentario específico que haré en su momento.
Como vemos, estamos en la sociedad de la imagen, en la que la palabra pierde poco a poco su valor como medio de expresión: la gente se conmueve, se moviliza, recuerda, vive, sueña... con imágenes. La gente quiere hechos y no palabras.
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5 Comments:
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